Natalia Plascencia llega al Festival de Morelia con la fuerza de dos películas, pero es en “Vainilla”, ópera prima de Mayra Hermosillo, donde se sumerge en el corazón de una familia disfuncional en el Torreón de los 90.
Plascencia interpreta a Limbania, una mujer cuya confusión se mezcla con un humor e ilusión inconfundibles, así que la actriz demuestra por qué es una de las figuras más sólidas y reflexivas de su generación.
En esta entrevista, Natalia habla sin tapujos sobre su proceso creativo —con el cuerpo y la voz como herramientas predilectas—, la energía femenina que permeó el set y los riesgos y oportunidades que las plataformas digitales ofrecen a las narrativas mexicanas.
“Vainilla” cuenta la historia de siete mujeres luchando por salvar su hogar. ¿Qué fue lo primero que conectó contigo personalmente con el guion de Mayra Hermosillo?
Me atrajo que fuera un universo femenino donde íbamos a interpretar a las mujeres de la vida de Mayra; mujeres que tuvieron la fuerza para hacer sus vidas y ser ellas mismas, a pesar del prejuicio de una sociedad retrógrada en los años 80 y 90 en Torreón, Coahuila.
Limbania es una de las siete mujeres de esta familia. ¿Podrías describirla con tres palabras y contarnos cuál fue el mayor desafío para darle vida?
Limbania es amorosa, idealista e infantil. Es una mujer con alcoholismo que no crece; un dolor muy grande no le permite asumirse como adulta y como madre de Manuela. El mayor desafío estuvo en habitar esa confusión e imposibilidad, y mezclarla con su inconfundible humor, esperanza e ilusión.
La película está ambientada a finales de los 80, una época con una dinámica social y familiar muy particular. ¿Cómo te sumergiste en esa época y qué descubriste sobre la vida de las mujeres entonces?
Descubrí que estábamos contando, ante todo, una historia de amor entre las mujeres de una familia. Ellas fueron señaladas con malicia por una sociedad que condenaba todo lo que se saliera de una estructura familiar convencional; pero, a la vez, fueron mujeres fuertes que se liberaron de situaciones que las avasallaban. Se esforzaron en una especie de alianza por salir adelante juntas. Más que en una época, me sumergí en su hermosa dinámica, compleja y carismática.
Al ser un reparto compuesto enteramente por mujeres, la dinámica en el set debe ser única. ¿Cómo describirías la energía que se generaba entre ustedes y cómo eso impactó en la química en pantalla?
Creo que la energía femenina permeó todo el rodaje. La dinámica más especial para mí fue el llamado “círculo del amor”: comenzábamos cada día todos y todas, tomadas de las manos, en un ejercicio de apertura, de intención y de gratitud. Las jerarquías se desvanecían y aparecía una energía propicia para que cada uno ejerciera con confianza su rol. Esto creó una experiencia sumamente colaborativa.
La historia se ve a través de los ojos de Roberta, una niña de ocho años. ¿De qué manera crees que la mirada infantil enriquece esta narrativa familiar?
La mirada de Roberta es una mirada sesgada hacia el mundo adulto porque, obviamente, hay muchas cosas que no comprende racionalmente, pero que sin embargo siente, ve y percibe. Esa perspectiva aporta a la historia una inmensa fragilidad y sensibilidad en este cruce de universos: el adulto y el infantil.
Tu formación es muy sólida; nos compartieron el dato de que has estudiado técnicas como Lecq, Meisner y Stella Adler, entre otras. De todo ese bagaje, ¿hay alguna herramienta o principio específico al que recurras con más frecuencia al construir un personaje como Limbania?
Siempre son el cuerpo y la voz mis herramientas preferidas desde las que me gusta construir estas realidades llamadas ficciones. Es ahí, en el cuerpo y la voz, donde, junto con la imaginación, se abre el espacio propicio para este serio juego de ser alguien más.
Has trabajado en proyectos para plataformas como Netflix, HBO Max y VIX. Desde tu experiencia, ¿cómo ha influido este ecosistema digital en las oportunidades y en las narrativas disponibles para las actrices en México?
Creo que han propiciado, como nunca, numerosas producciones y distintas narrativas. Es fascinante vivir este momento; sin embargo, corremos el peligro de que las narrativas se vean determinadas por los “clics”. Es como si se le diera a la gente el poder de decidir qué tipo de contenido quieren ver, y darles eso siempre, en vez de sorprenderles con exquisitos platillos que ni siquiera sabían que existían.
“Vainilla” es el primer largometraje de Mayra Hermosillo, y también participas en “Las locuras” de Rodrigo García, un director con una larga y reconocida trayectoria. ¿Qué diferencias y similitudes encuentras al trabajar con directores en etapas tan distintas de su carrera?
Las óperas primas siempre van impregnadas de una magia especial; la energía es muy particular. Es, de alguna manera, una energía nueva, desbordada, arriesgada, que no sabe y por lo tanto explora y encuentra. En cambio, trabajar con directores de larga trayectoria y experiencia de vida hace que los rodajes sean más controlados, y no por ello carentes de encanto. Es fascinante formar parte de una “máquina humana colaborativa” funcionando a la perfección.
En “Vainilla” y en “La vida es”, que acabas de filmar, interpretas a personajes en momentos de transformación personal. ¿Qué parte de ti misma dejas en estos personajes y qué de ellos se queda contigo al final del proceso?
Con Limbania probé a dejar el control para experimentar estar fuera de mi eje. De ella me quedo con su enorme corazón, su inmensa capacidad de ternura y esperanza, y la gratitud de que, de alguna manera, me haya elegido a mí. Con Nora [de “La vida es”] había muchas similitudes con mi vida: la edad, el tipo de persona… Fue curioso habitarla por eso, y me quedo, sobre todo, con el amor con el que se vincula; aunque sea caótico, Nora ama muy bonito.
Además de actriz, has incursionado como productora. ¿Cómo complementa este rol tu visión artística y tu capacidad para contar historias?
Creo que existe una necesidad de contar ciertas historias que no se cubre necesariamente con el oficio de actriz. Son dos caminos distintos. Lo que me gusta de producir es el poder ser promotora de historias que quiero ver realizadas.
El cine mexicano vive un momento de gran reconocimiento internacional. Desde tu trinchera, ¿qué crees que se necesita para seguir impulsando esta voz y esta mirada única en el panorama global?
Necesitamos seguir creando con honestidad: ¿qué nos mueve?, ¿quiénes somos?, ¿qué proponemos? Porque es de esa honestidad de donde surge la originalidad, y desde ahí un proyecto se vuelve atractivo a nivel internacional. Por otro lado, es importante revisar los estímulos y sus rigurosos reglamentos para que realmente haya diversidad y se apoyen proyectos que tienen esa esencia única.
Si la Natalia que empezaba a actuar pudiera verte hoy, participando en un festival de prestigio como el de Morelia con dos películas, ¿qué crees que diría?
Que la vamos a pasar increíble y que está feliz de vivir esto, y de haber llegado tan bien acompañada.
Imagina que esta familia de siete mujeres tuviera un lema o una canción que las represente. ¿Cuál sería para Limbania?
La frase de Limbania es claramente (si has visto la película) “La esperanza es productiva”. Y la canción de estas mujeres es “Los caminos de la vida”, la canción que Tachita pide una y otra vez en la radio.
Finalmente, ¿qué es lo que más deseas que el público se lleve consigo después de ver “Vainilla”?
No sé, lo que a cada quién le toque o le mueva. En lo personal, creo que la defensa de la esencia es uno de los grandes temas de la película. Ojalá genere reflexión por ese lado.
Sigue a Natalia en Instagram: @natalia_plascencia_
Créditos
Fotografía: @juanbautizta
Vestido: @marikavera
Accesorios: @elchorrum
RP: @jandf_pr
Entrevista: @bavidbavid