Un relato que muestra la nostalgia que deja el tiempo, los momentos difíciles y cómo pueden volverse memorias hermosas.

Mi esposa y yo compramos una casa en el centro de la ciudad. Es una vivienda colonial con recámaras grandes y techos de doble altura. Felices por enseñar nuestro nuevo hogar a mi mamá, la invitamos a comer. Al llegar, recorrió el espacio sugiriéndonos dónde podría poner el piano de cola, herencia de su padre que nos regaló al nacer nuestra hija.

—Para que aprenda Raquel a tocar en esta joya, como lo hacía tu abuelo —comentó con un brillo en la mirada.

Nos instalamos en el balcón a tomar un aperitivo, las calles lucían tranquilas a esa hora de la tarde. —Me recuerda a mi barrio cuando llegué de España, esta zona se me hace familiar.

Observé cómo la nostalgia se le metía en sus ojos grises, iguales a los míos. Su comentario me intrigó, así que fui un día a su departamento a revisar la caja donde guardaba papeles y fotos amarillentas.

A mamá no le gusta hablar sobre esa época, había sido parte de los 451 niños que llegaron a bordo del Mexique al Puerto de Veracruz huyendo de la guerra civil. Los llamaban “los niños de Morelia”.

—Hay cosas de las que prefiero no acordarme — decía. Su hermana murió en el albergue donde las Trinitarias se hacían cargo de los niños sin padres. Ella fue adoptada al poco tiempo por mis abuelos.

Estornudé al abrir la caja, entre varias fotos encontré una que me quitó el aliento: dos niñas vestidas de blanco sostenían entre sus manos un ramito de claveles. La más pequeña, mi tía, miraba a mi madre que, con una actitud retadora, posaba ante la lente. Detrás de ellas lucía mi nueva casa, linda, monumental, eterna.

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